lunes, 21 de mayo de 2012

El piercing

El guardia miraba al detective considerando que era demasiado joven para la cara de hastío con que completaba el trámite. A su lado, de pie, el gerente del mall seguía entre intrigado y ansioso la escritura que éste creaba con dedos rápidos en la pantalla del pequeño aparato portátil.

Estaban en una sala de primeros auxilios, escondida al lado del pasillo de los baños. En un rincón descansaban dos muletas, una silla de ruedas, un artefacto electrónico que daba pulsos. Pensó que habría preferido que la salita estuviera llena, como era lo usual. Ancianos con mareos, muchos desmayos, tipos que se habían caído en los pasillos y amenazaban demandar a los dueños. El practicante seguramente viajaba en la ambulancia.

-Tiene que darme su Rut solamente. Venga mañana a nuestras oficinas a firmar, yo le dejo mi tarjeta....El detective se movía y hablaba como un ejecutivo, pensó, especialmente cuando sacó de su billetera una tarjeta con el logo de la PDI y un nombre con letras doradas. El conocía a los ejecutivos de verdad. Acompañaban a sus señoras con un dejo de fastidio, tratando de evitar que se acercaran a otra vitrina que no fuera la del local al que los habían arrastrado. Y sus trajes sobrios tenían más soltura que la empaquetada chaqueta del detective.

- ¿Es todo?... Sí, nos vemos mañana. Hasta luego. Necesitaba respirar. Nada más saliendo de ahi, se dio cuenta de que ya no sería lo mismo. Podía renunciar, pensó. Después de todo tenía la jubilación de suboficial y estaba solo. Trabajo de mierda, no lo vale. El mall bullía de compradores, nada había pasado. Un gran ruido ambiente, risas, miradas, frases al pasar, la vida se había tragado todo, y solo habían transcurrido tres horas. El hombro izquierdo le reclamó dolorosamente, trató de olvidarlo. Ya estaba viejo. Mejor era irse, renunciar.

La primera vez que la vio estaba sentada en el piso, en el segundo nivel. Con dos amigas, y varios muchachos. Se vestían como los otros jóvenes, pero peinados llamativamente, cabezas semiafeitadas, colores en el pelo. Pacíficos, después de todo. Cuando los instaba a pararse y no bloquear el pasillo, miraban al suelo, no le respondían, medio como que se reían, medio como que él no existía. Mas, con un dejo de pereza y fastidio, se incorporaban y caminaban nuevamente por los pasillos, en silencio. No eran como los otros muchachos. Las drogas, quizá. Estaban llenos de aros, sabía que los llamaban piercing. En las orejas, la nariz, incluso en las cejas. Siempre pensó que eso debería doler.

Los encontró numerosas veces, casi siempre en un grupo compacto, otras veces momentáneamente separados. Nunca consumían siquiera un helado, nunca compraban algo. La muchacha, la niña, alguna vez cruzó su mirada con él, y por algún motivo la recordó porque su cara era simétrica y limpia, sin ningún piercing. Silenciosa, como los otros, ausente. Parecía andar buscando algo que ya definitivamente se había perdido. Silenciosa.

A él le gustaba el mall. Un trabajo bueno, seguro. La gente caminaba hablando, riendo, las parejas de adultos jóvenes cuidaban de sus niños y planificaban compras de hogar. Papás con hijos ansiosos de juguetes ponían reparos a tanta exigencia, pero de manera nominal. Mamás de buena estampa, bien vestidas, se exhibían junto a sus hijas haciendo una prolija revisión de las nuevas tiendas de moda. Grupos de jóvenes estridentes se movían a otro ritmo, mirando hacia atrás, a veces corriendo, a veces detenidos, chocando con la corriente de consumidores pero siendo a la vez parte de ella. Dueños del mundo, los jóvenes desafiaban bulliciosamente al resto cambiando parejas, besándose o bromeando entre ellos. Gente inofensiva, con plata, bien vestidos, buscando cómo llenar su tiempo o su ropero.

Entre ellos deambulaban estos otros, seguramente hijos de esas mismas familias. Hijos perdidos. Algo pasó y quedaron fuera de esa poderosa corriente de personas y tiendas que era el mall. Como las hojas que de repente uno ve flotando en el remanso, haciendo círculos en la orilla, sin avanzar. Tenían que haber sido parte de ese río, pero por algún motivo estaban fuera. O mejor, estaban dentro pero no avanzaban.

No podía asegurar que la recordaba bien. Tenía la impresión de haber cruzado su mirada con ella cuando, sin mucho entusiasmo, debía acercarse para reconvenirlos cuando bloqueaban la puerta de un local, o se sentaban en el suelo en cualquier parte. Le parecía que alguna vez lo miró, tal vez buscando alguna señal, o lanzando un mensaje que no supo descifrar. O tal vez no fue así. Una niña rubia, gordita pero de cara delgada y triste. Sus pantalones bajo la cintura, ajustados, mostraban el borde de su ropa interior, de algodón grueso que denunciaba una niñez no del todo transcurrida. Su pelo rubio tenía un manchón púrpura, que junto a las pecas de su cara pálida contrastaban con unos ojos oscuros, pequeños y apagados. Seguía siempre a ese grupo, en silencio, estaba con ellos, como estaba en el mall, presente y ausente a la vez. Nada en ella denotaba un origen. Nunca la vio con alguien adulto, un papá, un hermano. Solamente ese silencioso grupo de zombies, todos los días, incluso durante la semana.

Esa mañana había pasado frente a ellos en el pasillo del tercer piso, y casi no los vio, silenciosos y oscuros, como siempre. Su intuición, o tal vez el entrenamiento de otros años, lo hicieron mirar atrás y verla de repente sentada, a horcajadas, en la balaustrada. También le hizo buscar un pito que no tenía, y gritarle a sus amigos, que impávidos ignoraban la peligrosa maniobra. Solamente después atinó a correr. Primera vez que corría en tantos años, le parecía que no avanzaba, mientras la muchacha pasaba al otro lado de la balaustrada, pisando apenas un pequeño borde, mirando el espacio abierto hacia abajo. Llegó a su lado y alcanzó a tomarla justo cuando se lanzaba.

Sin embargo su mano derecha solamente había capturado la manga de un sweater, inútil para sujetarla. Pero con su mano izquierda alcanzó a tomarla de una muñeca y ella instintivamente se asió. Sintió que el hombro izquierdo se le separaba del cuerpo con un doloroso desgarro, y ya no pudo hacer más fuerza. Pareció por unos momentos que la chica se sujetaba de su brazo inerte, y alcanzó a divisar su rostro, por primera vez atemorizado, pero aún así en silencio. A riesgo de perder su equilibrio, su derecha aflojó la inútil manga y trató de alcanzar la mano de la muchacha, todavía aferrada a su brazo izquierdo paralizado. Pero ella no aguantó más y se soltó.

Le pareció que cayó mirándolo, como agradecida de esa ayuda tardía. Durante ese momento pudo ver que en una de las aletas de la nariz en realidad había un piercing, que brilló fugazmente antes de que todo se volviera una pesadilla.

viernes, 4 de mayo de 2012

Principios y acuerdos sociales

El tema de los principios, aquello en lo que uno se basa para construir lo que cree correcto y lo que no para caminar por la vida, se me está haciendo menos fácil que antes. El entendimiento de que estaba inserto en un conjunto de valores que no he revisado demasiado críticamente hasta ahora, y la percepción de que aquello que es bueno o malo va cambiando incluso en cincuenta años (cuidado, he descontado doce años de mi niñez, por si alguien cree que pretendo quitarme la edad), es algo que últimamente me ha hecho considerar estas cosas.

La sociedad actual, al menos la occidental en la cual nos desenvolvemos, nos entrega de manera cada vez más insistente el mensaje de que los valores son en el fondo acuerdos sociales, cuya base moral se genera por el consenso, y su imperio, por el ejercicio de las mayorías. Vivimos, no cabe duda, en un mundo tan vertiginoso en sus cambios, que nada parece tener una referencia inmutable. Incluso lo más inmutable que parecemos tener, el conocimiento científico y los principios de la lógica y el razonamiento, dudan de sí mismos en su capacidad de entender y explicar la naturaleza.

Cuando Einstein y los físicos de inicios del pasado siglo produjeron notables cambios en la explicación de un orden natural que ya parecía inmutable, introdujeron un nuevo referente, en el cual las leyes precisas e invariables de antaño pasaban a ser más dinámicas, e incluso necesariamente imprecisas en su medición. Ello significó, desde el punto de vista científico, un formidable avance, pero a la vez socavó el valor fundacional de los principios. ¿Serían estos nuevos principios del conocimiento, como los anteriores, invalidados por el avance del propio conocimiento y sometidos a una nueva re-fundación de la explicación de la Naturaleza?.

Pues parece ser que así es. Aparte de los sorprendentes decubrimientos de la física moderna durante el siglo XX, hoy en día las evidencias de la astronomía moderna muestran que el Universo que nosotros conocemos, e incluso el que intuimos, es solo una fracción de la materia y la energía presente en el Universo. Se ha denominado a estas colosales fuentes de nueva energía, materia oscura y energía oscura. Lo que está oscuro aún, sin embargo, es la explicación y el conocimiento que tenemos de ellas, que ha dejado a la física en un pie incluso más precario que el que creía tener en el siglo XVII ó el XX. Sabemos más, y descubrimos que nos falta aún más por saber. ¿Porque no dudar, incluso, del método que usamos para conocer y deducir la realidad?.

Si esto ocurre con los principios y métodos objetivos para explicar la Naturaleza o el Universo, más subjetividad aún parece haber con los principios y valores que pudieran regular a la sociedad humana, y al ser humano como individuo dentro de la sociedad. Los valores "éticos" en la relación entre humanos, y entre los humanos y la naturaleza, aquello que "debe ser", o es correcto en nuestra acción mutua, parece no tener principios inmutables. Lo malo y lo bueno, concebido como aquello que nos hace daño o nos beneficia, es esencialmente subjetivo.

La colisión y mezcla de las civilizacónes también ha ido relativizando nuestros principios. En occidente entendemos que es parte de la naturaleza del ser humano tratar de vivir, y es "bueno" procurar aumentar el bienestar de la humanidad, entendiendo como bienestar aquello que nos hace vivir mejor en todo sentido. Y por lo tanto nuestra legislación promueve las conductas que van en tal dirección, y castiga las opuestas. Sin embargo, la tradición japonesa en determinadas castas tiene al "honor" como un valor por sobre la vida, y quienes lo pierden, por razones que a nosotros nos parecerían insuficientes, disponen de ella. En otras miradas de civilizaciones orientales, la vida de otros seres humanos no es tan valiosa para el musulmán cuando ellos son seres que no son fieles a Mahoma, y menos aún cuando conspiran contra "Él". En todo caso, nuestro antiguo catolicismo no fue muy diferente para subvalorar la vida de los herejes respecto de los conversos y de la divinidad.

Avanzamos, sin embargo, a algunos consensos ampliamente aceptados basados en la igualdad y la dignidad del ser humano. En la civilización moderna cada ser humano es, al menos en teoría, de la misma dignidad que otro y superior al resto de la Naturaleza. Tenemos el mismo derecho a la vida. La democracia en el gobierno y la elección de autoridades, crecientemente en las sociedades, es garantía de una valoración igualitaria para cada individuo. La libertad de acción del individuo se protege, siempre que no afecte la de otros. Pareciera que tales "principios" -que en el fondo son acuerdos sociales- pudieran ser universales. Sin embargo, estos consensos no eran tales hace sólo un par de siglos atrás. Y más atrás en la historia del hombre, menos aún. Ello llevaría a concluir que la conducta ética -lo que debe ser correcto, o bueno- no es más que un acuerdo social para vivir en comunidad. Con la evolución de las sociedades, por lo tanto, lo que es bueno, o malo, iría cambiando según la manera en que cada sociedad dirima sus acuerdos.

Yendo a algo más personal, siento que respecto de ciertos problemas éticos mi visión es en base a principios arraigados por la formación de juventud, y no necesariamente a la ley existente, que interpreta en la práctica los acuerdos sociales vigentes. ¿Son mis "principios" más válidos que los acuerdos sociales, que se expresan en las leyes, o se trata de un "aferrarse" en un pasado que se añora?. ¿Resulta legítimo quedarse en un acto de fe, no sujeto a discusión ni análisis, que pudiera violentar el acuerdo de las mayorías?.

Lo que hoy parece indiscutible, pasado un tiempo puede impugnarse. Leí una vez cómo Darwin describía, horrorizado, cómo los indígenas de Tierra del Fuego mataban a sus hijos más débiles. Sin embargo, el propio Darwin especulaba que el "principio" de proteger y cuidar al débil que rige en nuestra sociedad occidental moderna, podría variar si va quedando inserta en un medio hostil y de difícil sobrevivencia. Podría cambiar a otro consenso, otra idea tan "natural" como la de proteger al débil, la de descartar a quien distrae esfuerzos y no contribuye a los objetivos primordiales de la comunidad. En este caso, sobrevivir como grupo. Puesto así, resulta algo más fácil entender que muchos de nuestros códigos morales son en realidad acuerdos sociales, que por estar insertos en paradigmas que creemos inmutables, los elevamos a la categoría de principios.

Hablando de nuestra sociedad moderna, pareciera que va confluyendo a ciertos acuerdos sociales ya suficientemente decantados en el paso del tiempo como para entenderlos como principios. El derecho a la vida, el derecho a la dignidad, el derecho a la libertad, el deber de respeto a los demás, y el deber de respeto a la naturaleza como una forma de respeto a la vida de nuestros descendientes.

Pero, cuidado, no son principios, son meros acuerdos sociales. Por ejemplo, hoy en día el derecho a la vida de un futuro ser, que se contrapone al derecho de la mujer de disponer de su cuerpo, se resuelve en Chile de manera distinta a la de algunos países europeos. Si ambos, el derecho a vivir y a usar nuestro cuerpo son acuerdos sociales, su superioridad relativa será materia de otro acuerdo social, que podría derivar quien sabe en qué situación que no me gustaría. Algunos, como es mi caso, damos por sentada la preeminencia del derecho a vivir por sobre el derecho a disponer de sí mismo.

Curiosamente, la sensación de que "se avanza" en los acuerdos sociales hacia una sociedad mejor - porque históricamente ha sido más o menos así- hace que la propuesta de nuevos consensos tenga siempre una "ventaja de modernidad" sobre los antiguos consensos. Lo nuevo parece ser siempre un perfeccionamiento de la sociedad, y lo más probable es que en la mayoría de los casos así lo sea. Quien tiene la posibilidad de hacer una nueva propuesta en temas morales, tiene entonces la "ventaja de la modernidad".

Los "principios", finalmente, han derivado a categorías que, más que morales, parecen ser reglas o normas de conducta que en este proceso evolutivo de la sociedad, ayudan a establecer un marco estable. Se parecen a ciertos aforismos legales para establecer de buena manera, o de manera eficaz, los consensos logrados. Por ejemplo, siendo los derechos y los deberes que acuerda la sociedad para con sus miembros la esencia de sus acuerdos sociales, deben operar primero los deberes y luego los derechos. No es posible que existan derechos en una sociedad, si no existen deberes que sus propios miembros deban cumplir antes, para "ganarse" los derechos. Parece también un principio el que "nadie puede estar obligado a lo imposible". Y puede ser un principio, en esa misma línea, que quien puede lo más, con mayor razón puede lo menos.

Si uno revisa cuidadosamente estos "principios" , que nadie al parecer discute, puede darse cuenta de que en realidad en ellos no hay propiamente categorías morales, sino que nacen de la lógica. Más que principios, son precisamente reglas lógicas que le dan consistencia y coherencia a los acuerdos sociales. En estos últimos, los acuerdos sociales, es donde, "definitivamente" (por el tiempo que dure), residirá el concepto de lo bueno o de lo malo en una sociedad.

¿Soy, por lo tanto, un relativista?. No lo sé. A veces siento que lo que es bueno y malo es tan definido, tan nítido, que parece anterior a la sociedad misma. La religiosidad adquirida desde niño, configura elementos de moral que aparte de tener una gran sabiduría acumulada, parecen cuadrar al sentimiento imperante en la gran mayoría de la gente. Mas, otras veces me enfrento a discusiones con personas nacidas en ambientes diferentes a los que me eduqué, y aprecio en ellos actitudes y paradigmas diferentes a los míos, pero igualmente coherentes, y me pregunto dónde está realmente lo correcto.

¿De qué manera me afecta, como para haber escrito esto?. Desde ya, me está costando más que antes ser definitivo en mis juicios morales. Por otra parte, sin embargo, siento que no se puede aceptar cualquier categoría moral solamente porque está más o menos coherentemente construida y es apoyada por una mayoría.

Me quedo, entonces en tres conceptos. ( además de mis adquiridos principios que nunca lograré sacarlos de mi cabeza del todo):

Primero, muchos de los conflictos entre posturas valóricas se resuelven si la regla lógica de que primero debemos cumplir nuestros deberes, para reivindicar después nuestros derechos, se aplicara. Tengo el deber de respetar la vida y la dignidad de otros, y por ello puedo exigir el respeto a mi propia vida. Así, podría resolverse lógicamente que el deber de respetar la vida de otros tiene preeminencia al derecho de disponer de su cuerpo en el caso de las futuras madres, ya que primero hay deberes y después derechos.

Segundo, uno tiene derecho a entender y valorar sus propios principios, respetando eso sí a los que piensan distinto. Pero ello no significa "aceptando" a los demás en sus posturas valóricas. Respeto no es aceptación, y no es obligatorio aceptar lo que proviene del otro, incluso aunque ello sea un consenso social mayoritario.

Y tercero,aunque no haya sido parte de este desarrollo, una actitud de solidaridad y generosidad en la relaciones humanas, que proviene del amor al prójimo, siempre ayudará a moderar la necesaria fricción que se produce cuando se enfrentan visiones opuestas respecto de lo que es bueno o malo.

viernes, 20 de abril de 2012

Hacer un túnel

Un túnel, pero no debajo de la tierra, sino de los que valen la pena. Ése túnel en que el rival se cree la jugada, avanza un paso para bloquear, y le pasa la pelota por entremedio de los pies.

En ese disfrute está la diferencia entre un futbolero y un futbolista. Es que el fútbol es mucho más que ir al estadio, o juntarse con los amigos a gritar por la Roja. Más que ser incondicional de azules, albos, cruzados o rayados.

Quizá, habría que decir primero qué cosas son en apariencia fútbol, pero que no lo explican del todo. Y entre esos, el elemento que más induce a confusión es el gol.

El gol existe en todos los deportes. Es la manera de ganar dentro de un conjunto de reglas. Hay goles en el rugby, básquetbol, handball, qué se yo. Todo deporte, como juego competitivo, necesita de un score, un marcador que defina quién gana. Pero hay goles feos. Y los goles son un resultado. Tienen mucho más sentido si son de buena factura.

Lo otro que induce a confusión es el "fair play", con sus banderitas al inicio del partido y todo eso. Es mentira. El fútbol tiene que aceptar reglas parejas para funcionar, pero para que tenga sabor tiene que ser maldito. Me repugna ver a esos japoneses con pompones de papel, alentando a cualquier equipo en la copa Intercontinental. No me interesan los partidos amistosos. Me carga ver en la Liga española, a tipos disciplinados siguiendo a un animador con un parlante, como si se tratara de activar las ventas en un mall. Si hasta viejitas tejiendo, (y opinando de que Pellegrini era como un príncipe), pude ver en la tribuna del Villarreal. Aparte de los argentinos, brasileños y latinos en general, la única barra del resto del mundo que aceptaría son los "tifosi". Es que para disfrutar el fútbol plenamente hay que ser medio maldito, un poco tramposo, haber crecido copiando en las pruebas y tratando de que no te pillen.

El fútbol nace en la pichanga, practicando la habilidad, la malicia. El túnel, el empujón preciso, la simulación. También el pase con ventaja, la volea y la parada dejándola dormida. Los códigos del fútbol se alimentan de la rivalidad y del compañerismo. Y el fútbol de barrio te va adentrando en códigos más sutiles, como saber molestar al que es caliente, rozarle el tobillo al polvorita, coaccionar al árbitro. Se va aprendiendo de técnica, pero también de hombría, hombría de barrio. Cuándo guapear, cuándo aguantar una patada y cuándo dejarse caer sin que te hayan siquiera tocado. No arrugar con el grandote, atropellar al flacucho, una buena patada al que te pintó la cara. Y si fuiste tú el que pintó la cara y recibiste la patada, aguantar callado y desquitarse en los últimos tres minutos. Eso es fútbol.

Por eso, hacer un túnel es mejor que meter un gol. El gol es la victoria, es el deber y el objetivo del deporte. Hacer un túnel, en cambio, es parte de la destreza acumulada, la autoestima respecto de tu oficio, y sobretodo, un código inapelable de superioridad sobre tu rival. Cuando él es más impulsivo, cuando cree que interrumpe tu jugada, es sorprendido y humillado. Hay fracciones de segundo para hacerlo y hay que jugar con el otro, inducirlo a creer. Después de un túnel, la relación con el afectado cambia. Te encara con los pies juntitos, deja que hagas los pases con más facilidad.

En el barrio , en Ñuñoa, pichangueábamos frente a mi casa o en el fondo de la calle, donde Johow terminaba en la chacra Santa Julia. Terminaba la ciudad y empezaba el campo, hasta tratar de subir a la cordillera como si fuera una ola. Con mis amigos llevábamos la cuenta de los goles, y los túneles. Medio siglo después todavía trato de hacerlo si se me da la ocasión. Es más difícil, porque defiendo más que ataco, y mis rivales son de cuidado, tanto o más avezados que yo.

Pero cada vez que recibo la pelota espero que un rival se me venga encima, y pongo cara de ansioso mirando a un compañero, lejos. Si se dan los tiempos, creerá que puede cortar la jugada. Entonces, hay que frenar el pie que amaga el pase justo al llegar a la pelota, y salir hacia afuera con borde externo.

Falla muy pocas veces.

viernes, 13 de abril de 2012

Las tías viejas

Las tías viejas suelen ser solteras, o viudas, pero casi siempre pobres. Las otras son simplemente tías, tías comunes que tienen familia y se mueven por la vida dejando una cierta estela, ocupando un espacio como todos nosotros. No es el caso de las tías viejas.

Mi señora tiene dos tías solteronas, ambas ya sobre los ochenta años. Desde que éramos una pareja joven, ellas nos dieron su generoso cariño. Llenaron sus días plácidos con los sucesos de nuestra familia, enteradas de todo y de todos. Cada uno de nosotros ha tenido afecto en su casa vieja, digna, descascarada pero de ventanales abiertos al mar de Valparaíso, pisos crujientes y muebles testigos de un pasado mejor. He visto a nuestros hijos, cada Año Nuevo, pasear felices por su jardín fragante con intrincadas escaleras, donde se abren más espacios que en otros jardines que podrían ser más grandes.

Y ahora veo a mis hijos también emocionados de ver a sus hijos, mis nietos, descubriendo en la casa los mismos rincones, los mismos colores y fragancias. Pero las tías están más viejas....aún miran con el mismo cariño a mis nietos, pero ya no los alcanzan, y sospecho que hasta se les confunden. Ya no tienen la fuerza para organizar la tarde después del Año Nuevo, con treinta personas tomando tecito, comiendo ese queso traído de Casablanca, el manjar y los dulces preparados a mano.

Hace dos años dejaron de hacer la fiesta. Una de ellas yace en cama después de fracturarse una cadera, y la otra tiene acentuados los síntomas de la senilidad. Cuentan con lo mínimo, y cuando a veces nos acordamos de ellas, un arrebato de generosidad nos lleva a aportarles apoyo material que siempre será insuficiente. Nunca, sin embargo, nos han pedido ayuda, y mantienen una pobreza digna,- y sospecho pasando rigores que asumen naturalmente-, como han asumido una vida en que solo parecen preocuparse de que cada día sea ojalá igual al anterior, y por mientras, dan apoyo y simpatía a los que las rodean.

Es una mirada un tanto benevolente para apreciar la vejez. Porque en el fondo, es tremendamente triste y cruel. El mundo te va abandonando de a poco, te incomunica, no lo entiendes,el mundo te olvida. Se acaban las fuerzas, la capacidad de resolver cosas mínimas por uno mismo. De repente, los viejos podrían morir de hambre si dos o tres parientes ocupados en sus propios asuntos no se acuerdan de ellos.

Las tías viejas se apoyan entre ellas, como una pareja de ancianos olvidada de sus hijos trataría de hacerlo. Pero ellas lo hacen sin amargura, porque siempre entendieron que no había obligaciones de lazos parentales con ellas. Cada apoyo lo agradecen como si viniera del cielo, como si las personas como yo fueran benefactores, cuando en realidad no somos más que seres egoístas que frecuentemente olvidamos a los viejos.

Se van a ir del mundo en silencio, sin dejar estelas grandes, ni pequeñas, sino mucho menos. Tal vez el pequeño círculo al caer una gota en aguas quietas. Pero todos nosotros, seamos una gran ola, o esa simple gota que habrán sido las tías, finalmente dejaremos de movernos, las aguas siempre tenderán a estar quietas, y ya no habrá rastro alguno.

viernes, 12 de agosto de 2011

La Doncella de Hierro

He ido a pocos recitales, pero buenos.: Paul Mc Cartney, los Stones, Eric Clapton, y el mejor, Iron Maiden.

Es que me gusta el rock directo. Ojalá con melodía, pero tiene que haber inconformismo y fatalidad en sus letras. Y sobretodo, fuerza, vértigo, como en el modo de vida en que estamos insertos. Lo mejor es lo que pasa, decía un amigo mío. Por eso, acepto el ambiente del mundo en que vivo, y ese ambiente es de rock.

En todo caso, hubo otros matices que hicieron ese recital inolvidable.

Era noviembre del año 2008. Se me ocurrió invitar al Nachito, mi nieto, a ver a los Maiden porque ya lo había previsto para mí, pero resulta que el Nacho asistía a un curso de guitarra eléctrica en un taller de su colegio, y ya tocaba algunos solos. Y como todos los varones de mi descendencia, gustaba del rock y en particular de este grupo. Bueno, no todos exactamente. Raimundo entonces tenía un año y no lo cuento aún, aunque mi hijo Alvaro dice que va por el camino correcto.

Fue una buena idea invitar a Nachito. Gozo las oportunidades de estar en un contacto más directo con mi familia, aunque no nos propongamos conversar de lo humano y lo divino. De hecho, hablamos poco, pero la sola circunstancia de estar juntos y compartir algo, es comunicación. Y ya no hay tantas ocasiones para compartir. Bueno, llegó ese día, un sábado me parece, y nos fuimos hacia el Club Hípico cuatro horas antes. Se pronosticaba un lleno total y bastante caos.

Llegamos a la calle Tupper, y estacionamos el auto en un costado de la escuela de Ingeniería, justo frente al bloque de Electricidad. No tuve tiempo de hacer añoranzas, solamente miré curioso lo que podría haber cambiado allá adentro. Un pasillo vacío en frente al acceso, sin estudiantes absortos mirando los ficheros con notas, deja muy poco espacio para recordar. Y ya se venían grupos de melenudos por Tupper hacia la entrada lateral del Club Hípico, silenciosos, casi todos con poleras negras, figuras de calaveras, serpientes, bastante sangre y máquinas infernales. Si uno sabe que los motivos de esas poleras son las cubiertas de los álbumes que Maiden ha sacado al mercado, su aspecto provocador disminuye notablemente. Y más cuando se ve a los fanáticos en grupos, de la mano con sus pololas, comprando muñequeras o gorros alusivos, como en todos los recitales. En realidad, no tendría porqué ser atemorizante. Nachito muy luego se hizo de polera y muñequera, no recuerdo si a la entrada o la salida del recital.

La llegada al recinto era confusa, llena de vallas papales que te llevaban por sobre el pasto y las pistas de entrenamiento de los caballos. Llegamos temprano, y a pesar de ello se veía muchísima gente, pero yo había comprado una entrada razonable y quedamos bien ubicados, no frente al escenario pero bien ubicados. Me habían soplado que en estos eventos, quedar en el "palco", que no lo es porque todos están de pie, podía ser incluso peor que un poco más atrás. Como a la hora después, a nuestro lado se instaló, con bastante algarabía, la barra de los de Abajo, con banderas de la U y con Anarkía incluido. Tipos bravos, llegaron abriéndose paso, o se lo dieron sin mayor oposición, hasta quedar al lado de la buena ubicación que con mucho más tiempo habíamos conseguido. Aparte de eso, eran razonablemente pacíficos y le daban ambiente al tumulto.

Mientras todo esto ocurría, ya tocaban temas irreconocibles unos teloneros, que eran de regular para abajo. Había, en dos o tres partes, pequeños grupos con banderas que después supe eran de la región de Magallanes. Algo más adelante, un tipo flaco, sin polera, el pelo negro hasta casi la cintura, cantaba, medio volado y medio subido a una de las torres donde se intalaban pantallas gigantes, temas de Maiden haciendo los mismos gestos que Bruce Dickinson, su líder. Lo hacía igualito. Las canciones de los teloneros se escuchaban sólo a ratos, entre las consignas de Los de Abajo contra el Colo Colo. A ratos subía a Nachito sobre mis hombros para que divisara a los teloneros, y supe que iba a tener problemas.

Cuando aterrizó en el escenario Iron Maiden, todo fue un gran estallido. Y partieron con un tema reconocible y clásico, así que el estallido se dobló. Los de Abajo saltaban como en el estadio, y eso es cosa seria. Con Nachito sobre mis hombros, yo lograba un equilibrio precario. Pero moviéndome con el resto, acompañando la ola, podía tenerme en pie y los temas eran tremendos, aún mejor que escucharlos en mi auto hacia la oficina, que es el ambiente de mayor volumen que yo podría tener. Si cualquier recital en vivo es otra cosa, un recital de fuerza, de comunicación rápida y visceral con cantantes de rock pesado, es de una energía que casi atemoriza.

La muchedumbre coreaba los temas, sobrepasando al cantante, y de repente parecía que uno estaba en Wembley. Las letras se cantaban íntegras, impecables, (¿y cómo que en Chile no se habla inglés?) Otra cosa es que entiendas la letra....la cosa iba de bien a mejor, con Nachito entusiasmado que se movía arriba mío y cantaba también. Unos metros mas allá un papá tenía un hijo, también arriba de los hombros, y era evidente que se cansaba más que yo....no falta de qué estupidez sentirse bien, pero ver eso me reconfortó. Sin embargo, a la enésima canción -cada una mejor que la otra- el dolor de hombros se empezó a hacer ostensible. Un compadre que podía ser de Los de Abajo, camiseta azul, grandote con cara del cantante de Sol y Lluvia, me miraba hace rato intrigado, hasta que me dijo: -Tío, es su hijo, nocierto?. -No, mi nieto.....-Puta qué buena onda, y a usté le gustan los Maiden?. Claro, por eso vinimos.....-Puta, qué buena onda.....Se armó un comentario entre los barreros, y se acercó uno, muy volado, con un pito en la mano diciendo: -Tío, perdone el mal ejemplo p'al chiquillo, pero usted me entiende, esto está la raja, nocierto?. -Bueno, atiné a decir, pero tira el humo pa' otro lado.... les hacíamos gracia, yo creo que para ellos era como ver a Federico Valdés a cargo de la U, algo así como un obispo con sotana morada en una feria libre. Esos tipos pueden ser bravos, pero de alguna forma noté que nos habían adoptado. Eso sí, hay que moverse junto con ellos, si no te aplastan....

El dolor de hombros se hacía insoportable, pero Nachito desde el suelo no veía nada, y además corría riesgos. Debe haberse notado mi cansancio, pues de repente el grandote de Los de Abajo me dice: -Tío, quiere que le tenga un rato al cabro?. No se preocupe, voy a estar al lado suyo. ...Acepté, y Nachito, un tanto intrigado, pasó en hombros a un puesto de observación aún mejor, y a cada rato me miraba siempre al lado suyo. Para el melenudo no significó mayor esfuerzo, y unas tres canciones más yo estaba repuesto y recuperé al Nacho. Se lo agradecí enormemente.

Hay recuerdos grabados para siempre, cada uno con su respectiva música. Le dedicaron "Miedo a la Oscuridad" a los asesinos del Gobierno Militar, con palabras duras que a la gran mayoría de los fanáticos se les escaparon....recuerdo la confusión cuando Bruce Dickinson pidió una bandera en el escenario (siempre lo hacen) y uno de Punta Arenas le pasó la de la región de Magallanes, azul y amarillo con la Cruz del Sur....en fin, recuerdo cuando apagaron el escenario e iluminaron la explanada del Club Hípico con 60.000 personas repartidas, algo similar a Woodstock. La música, en mis recuerdos, se sincroniza con las situaciones, y cada anéctoda tiene su propio tema.

Encontrar un interés común con un niño de 11 años, sobre el cual poder conversar de igual a igual, es gratificante. Con un interés común se comparten experiencias del presente, y ya no se trata de enseñar, ni traspasar experiencias vividas, como es la relación típica que se produce entre un mayor y un niño. Un niño con ganas de ser adolescente, como hoy día ya lo es.

Mi nieto mayor, adolescente, ahora en su casa con la Magda, el Checho y la Cami, su hermanita. Lo veo bastante, pero como siempre, conversamos poco. De repente creció, su voz se hizo ronca y además casi no se le entiende lo que habla, entre el frenillo y las pocas ganas de darse a entender. Amigo de sus amigas y poco amigo del estudio, según parece. La Magda es implacable en su disciplina y el Nacho se adapta, me tinca que con cierto resquemor, pero a la vez con condescendencia....las madres son así, debe pensar. Uno de estos días lo voy a invitar a ver una película de estreno, y después iremos a comernos un helado....a ver qué temas vamos encontrando.

Aparte de Iron Maiden, por supuesto. Estoy atento al próximo recital que seguramente darán, porque el tiempo pasa.....no sea que se vayan a morir.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Alegrías de cobre.

Hace dos días murió Ernesto Silva, un hombre que me llamaba la atención por su empuje, su capacidad de hacer cosas y entusiasmar a los demás. Era el rector de una universidad privada en la cual me corresponde ser "consejero empresarial", pero en la cual, en realidad, soy un aprendiz. No dejo de impresionarme por la agilidad y capacidad que tiene esa institución de hacer muchas cosas, y bien hechas, lo que habla muy bien de su líder.

Se quitó la vida.

Seguramente mi apreciación sobre el carácter de Ernesto era superficial, y en el mejor de los casos no conocí su realidad en todo su drama. Pero no me equivoco al considerar que su carácter era entusiasta, con mucho liderazgo, y por lo tanto podría afirmar que difrutaba de la vida tanto o más que yo. Si añadimos a esa apreciación externa, una familia con una buena esposa, numerosos hijos y nietos, nada parece indicar una realidad más dura que lo llevara a tal determinación.

Andrés, mi hijo, me dice que a fin de cuentas nuestras emociones son pura química. Cuando nos duele, cuando reímos, nuestras sensaciones o emociones gatillan un cierto exceso, o falta de determinado compuesto en nuestro sistema nervioso. De ahí viene la posterior sensación temporal de tranquilidad, o de depresión, estados de paz, alegría, angustia o concentrada atención. Lo más preocupante es que esta situación tiene un corolario: la falta o exceso de determinados compuestos, ahora por razones fisiológicas, puede detonar de manera permanente nuestro carácter: alegría, melancolía, paz o angustia, depresión. Al final, nuestro carácter es una mezcla de factores químicos.

Creemos ser tan únicos y especiales. Pero los especialistas de marketing pueden definir nuestras características personales analizando una base de datos, o revisando la basura que dejamos fuera de nuestra casa, a veces mejor que nosotros mismos. Un tanatólogo podría examinar nuestros huesos, en cien años más, y desentrañar nuestra vida y cómo fuimos, con más exactitud que personas que ahora creen conocernos.

¿Dónde está, entonces, nuestra originalidad, aquello que desafía los modelos de estímulo-respuesta, lo que podría hacer del hombre un líder de la evolución, que escapa de sus complejos, pero ya establecidos designios?. ¿Dónde está nuestra libertad?. ¿Existe, realmente, nuestra voluntad?.

¿En qué región de nuestra existencia somos realmente personas, y no reflejos o consecuencia de reacciones químicas, de factores absolutamente predecibles en base a un programa, o modelo suficiente complejo?. Por último, una pregunta inquietante. Me pregunto cuál será mi umbral de dolor, de insatisfacción, o de angustia, que, ponderado por la cantidad de un determinado compuesto, haga que yo prefiera morir que seguir viviendo.

Prefiero no saberlo. Ojalá tenga alegrías por tener suficiente cobre, y tranquilidad por contar con el necesario níquel. Y ojalá nunca sepa que no se trata de mí, sino de mis elementos.

miércoles, 26 de diciembre de 2007

Palabras previas

Bienvenidos a estas líneas de prueba.

Había decidido llamar a este sitio de otra forma, pues el nombre ya estaba ocupado (¿ quien será mi alma gemela?). Curiosamente, al escoger el otro, la plantilla ha salido con el nombre originalmente pensado.

La tecnología te da sorpresas. A fin de cuentas, puede que nunca pueda revisar estas líneas de nuevo. Si es así, a quien logre leerlas, es bueno que sepa que mi intención es seguir escribiendo a pesar de mi fracaso inicial.

Por otra parte, si tengo éxito, no habrá sido por mi intuición respecto de los menús de que presenta Google. Normalmente escojo el camino equivocado. Pero, en tal caso, aquí estoy y al grano.

Mi intención es escribir como una especie de francotirador, situado algo lejos de donde ocurren las cosas. Alguien que acecha, que lo único que desea es dispararle a lo absurdo de nuestra existencia. No me interesa el intercambio de ideas. Tal vez apreciaría una señal, algún comentario al margen, si es que llega. Entre otras cosas, para un blog de debate me resulta poco equitativo que solamente yo escoja los temas, y más encima mis interlocutores tengan solamente 300 palabras para rebatir. Por ello, prefiero el concepto clásico de escritor y lector, teniendo este último la oportunidad de hacer lo que él quiera con el mensaje recibido.

No sé hacia donde derivará esta idea de escribir por este medio. Solamente puedo expresar mi voluntad de hacerlo, tal vez por el atractivo que supone poder enviar esta "carta" a quienes yo desee. Prometo solemnemente, en todo caso, que eliminaré rigurosamente a quienes lo soliciten.

26 de Diciembre